Crueldad: Historias de la Vida

Aquí comparto experiencias crudas y sin adornos, historias que exploran la naturaleza de la crueldad. Mi objetivo es que, al leerlas, reflexiones y valores lo que realmente tienes en tu vida.

CINCO MESES SIN SABER DÓNDE DEJÉ MI MENTE

No sé exactamente en qué mes dejé de saber dónde estaba mi cabeza.

Y quizá esa sea una de las cosas más difíciles de explicar cuando intentas contar lo que significa pasar demasiado tiempo sobreviviendo.

La gente pregunta por fechas.

¿Cuándo empezó?

¿Cuánto tiempo?

¿Dónde estabas?

¿Qué hacías?

¿Cómo conseguiste seguir?

Y yo podría intentar ordenar los acontecimientos.

Podría ponerlos en una línea.

Primer mes.

Segundo.

Tercero.

Cuarto.

Quinto.

Pero hay experiencias que no se pueden ordenar cronológicamente porque cuando estás dentro de ellas el tiempo deja de comportarse como tiempo.

Los días no tienen exactamente un nombre.

Las noches se parecen unas a otras.

Las mañanas no siempre significan empezar de nuevo.

A veces significan simplemente que no has muerto durante la noche y ahora tienes que averiguar qué hacer con el día.

Y eso es algo que cuesta muchísimo explicar a alguien que nunca ha tenido que pensar así.

Porque desde fuera parece que sobrevivir es una decisión.

Como si una mañana pudieras despertarte y decir:

"Hoy voy a sobrevivir."

No.

Hay momentos en los que sobrevivir no se elige.

Te ocurre.

No te queda otra.

No es valentía.

No siempre es fuerza.

No siempre es esperanza.

A veces es simplemente el cuerpo diciéndote:

todavía no.

Todavía no puedes rendirte.

Todavía tienes que levantarte.

Todavía tienes que caminar.

Todavía tienes que encontrar dónde estar.

Todavía tienes que conseguir algo para comer.

Todavía tienes que resolver el siguiente problema.

Y después otro.

Y otro.

Y otro.

Hasta que llega un momento en que ya no estás viviendo una vida.

Estás gestionando emergencias.

Y quizá ahí fue donde empecé a perder mi mente.

No de una manera cinematográfica.

No como en las películas.

No hubo una escena en la que de repente todo se volviera negro.

Fue mucho más silencioso.

Más cruel.

Más cotidiano.

Fue dejar de saber en qué día estaba.

Fue olvidar conversaciones.

Fue recordar una cosa y no saber si había ocurrido ayer o hacía una semana.

Fue caminar muchísimo sin sentir que estaba llegando a ningún sitio.

Fue tener que pensar constantemente en cosas que una persona debería poder dar por hechas.

Dónde dormir.

Qué comer.

Cómo llegar.

Qué hacer después.

Cómo conseguir unos euros.

Cómo ahorrar algo.

Cómo evitar quedarme completamente sin nada.

Cómo aguantar.

Cómo continuar.

Y mientras hacía todo eso, una parte de mí seguía intentando existir.

La parte que escribía.

La parte que leía.

La parte que pensaba.

La parte que quería ser alguien.

La parte que había imaginado una vida completamente distinta.

Pero había una contradicción brutal:

yo quería seguir siendo una persona mientras la realidad me obligaba a comportarme como alguien cuya única prioridad era no caer más abajo.

Y llega un momento en que eso te cambia.

Porque cuando tienes que utilizar toda tu energía en sobrevivir, ya no queda la misma cantidad para soñar.

Y eso fue quizá lo que más me dolió.

No perder cosas materiales.

No perder lugares.

No perder comodidad.

Perder una parte de mí.

Sentir que mi propia mente dejaba de ser completamente mía.

Y no porque alguien pudiera entrar literalmente en ella.

Sino porque durante demasiado tiempo mi pensamiento estuvo ocupado por circunstancias, por personas, por miedo, por decepciones, por decisiones que no quería tomar y por situaciones a las que nunca pensé que tendría que enfrentarme.

Mi cabeza dejó de ser un lugar donde imaginar.

Se convirtió en un lugar donde calcular.

Calcular cuánto quedaba.

Calcular cuánto podía gastar.

Calcular dónde ir.

Calcular cuánto faltaba.

Calcular cómo aguantar.

Y eso es una forma de cansancio que no se ve.

La gente puede verte caminar.

Puede verte hablar.

Puede verte sonreír.

Puede verte incluso escribir.

Y pensar:

"Está bien."

No.

No necesariamente.

A veces una persona está simplemente funcionando.

Y funcionar no significa estar bien.

Yo funcionaba.

Me levantaba.

Caminaba.

Buscaba soluciones.

Intentaba conseguir dinero.

Guardaba lo que podía.

Gastaba cuando no quedaba otra.

Buscaba comida.

Buscaba un lugar donde pasar la noche.

Me movía de un sitio a otro.

Intentaba que el siguiente día fuera un poco menos terrible que el anterior.

Y cuando tenía unas monedas, esas monedas no eran solamente monedas.

Cada moneda tenía detrás una necesidad.

Cada euro significaba algo.

Cada moneda echada en un vasito de papel era una pequeña petición al mundo:

mírame.

No necesariamente dame mucho.

No necesariamente sálvame.

Simplemente mírame.

Reconoce durante un segundo que existo.

Y quizá esa sea una de las cosas más humillantes y más humanas que he aprendido.

Que pedir no siempre significa querer recibir.

A veces significa necesitar ser visto.

Pero incluso entonces aparece el juicio.

La mirada.

La sospecha.

La gente que pasa deprisa.

La gente que mira hacia otro lado.

La gente que decide en dos segundos qué clase de persona eres.

Como si una moneda pudiera venir acompañada de una biografía.

Como si sentarte en un lugar determinado explicara toda tu vida.

Como si cualquiera pudiera saber por qué estás ahí.

Y sí, probablemente no todo el mundo juzga.

Pero suficientes personas lo hacen como para que empieces a sentir que tu existencia tiene que justificarse.

Y yo me cansé de justificarme.

Porque nadie que pase delante de ti durante diez segundos sabe lo que ocurrió durante los cinco meses anteriores.

Nadie.

Nadie sabe qué perdiste.

Nadie sabe qué intentaste.

Nadie sabe cuántas veces buscaste otra solución.

Nadie sabe cuántas veces dijiste:

"mañana será diferente."

Nadie sabe cuánto te costó seguir caminando.

Y, sin embargo, la gente juzga.

Porque juzgar es fácil.

Comprender requiere tiempo.

Y el tiempo es precisamente lo que casi nadie está dispuesto a darte.

Durante esos meses también descubrí algo incómodo:

yo no era la misma persona.

Y quizá nunca volveré a serlo.

Hay personas que esperan que, después de una experiencia terrible, vuelvas a ser exactamente quien eras antes.

Como si pudieras regresar a una versión anterior de ti.

No.

Hay cosas que, una vez que las ves, ya no puedes dejar de verlas.

Hay cosas que, una vez que las vives, cambian para siempre la escala con la que mides la vida.

Ahora entiendo que dormir tranquila es un privilegio.

Que comer sin calcular es un privilegio.

Que tener un sitio al que volver es un privilegio.

Que poder cerrar una puerta es un privilegio.

Que tener alguien a quien llamar es un privilegio.

Que saber que mañana no empieza desde cero es un privilegio.

Y quizá por eso ahora me importan mucho menos algunas cosas que antes parecían fundamentales.

La escritura ya no es mi musa.

Leer ya no es mi musa.

No porque hayan dejado de gustarme.

No porque haya dejado de amar los libros.

No porque haya dejado de querer escribir.

Sino porque ya no necesito utilizarlos para demostrar quién soy.

Antes pensaba que quizá las palabras podrían salvarme.

Que si escribía lo suficiente alguien terminaría comprendiendo.

Que si leía lo suficiente alguien terminaría reconociendo mi inteligencia.

Que si podía hablar de filosofía, de poesía, de literatura, de psicología, de cualquier cosa con suficiente profundidad, quizá conseguiría que alguien viera aquello que yo sentía que llevaba dentro.

Ahora pienso:

¿para qué?

¿Para qué necesito demostrarlo?

¿Para quién?

He escrito novelas.

He llenado páginas.

He leído muchísimo.

He pensado demasiado.

He intentado convertir sentimientos en palabras.

Y ahora descubro algo que quizá debería haber sabido antes:

no todo lo que sentimos necesita convertirse en una obra.

No todo lo que sabemos necesita ser demostrado.

No todo lo que somos necesita ser reconocido.

A veces una persona puede saber perfectamente lo que vale sin conseguir que nadie más lo entienda.

Y eso está bien.

Prefiero ahora observar.

Mirar la vida.

Escuchar.

Ver cómo se comportan las personas.

Prestar atención a una conversación.

Preguntar a alguien cómo está y quedarme a escuchar la respuesta.

Eso me interesa mucho más que ganar una discusión intelectual.

Porque he aprendido que puedes saber muchísimo y seguir sin saber querer.

Puedes tener una biblioteca entera y no saber acompañar a una persona.

Puedes escribir poesía y no saber escuchar.

Puedes hablar de filosofía y ser incapaz de preguntar:

"¿Qué te pasa?"

Y yo ahora quiero aprender eso.

Quiero aprender el buen amor.

No el amor de las películas.

No el amor que necesita poseer.

No el amor que exige.

No el amor que controla.

No el amor que convierte a una persona en una propiedad emocional.

Quiero aprender el amor que cuida.

El amor que pregunta.

El amor que observa.

El amor que nota.

El amor que da más de lo que recibe sin llevar una contabilidad.

El amor que no necesita tocarte para estar presente.

Ese contacto humano que puede existir incluso a kilómetros.

Una pregunta.

Una respuesta.

Un mensaje.

Un:

"¿Has comido?"

Un:

"¿Cómo estás hoy?"

Un:

"Te noto diferente."

Un:

"Cuéntame."

Eso.

Eso es lo que ahora me parece extraordinario.

Y quizá sea extraño que después de haber dedicado tanto tiempo a los libros, ahora me parezca más importante una conversación sencilla.

Pero no me importa.

He cambiado la escala de mis prioridades.

Porque cinco meses pueden hacerte eso.

Te arrancan algunas ilusiones.

Pero también te devuelven una capacidad que habías olvidado:

la de distinguir lo esencial de lo accesorio.

Y lo esencial, para mí, ya no es impresionar.

Es sentirme querida.

Sentir que existo para alguien.

Sentir que alguien se da cuenta de si estoy bien o no.

Y aquí aparece una pregunta que todavía no sé responder.

Una pregunta que quizá me dé miedo.

Porque tengo personas que me aman.

Tengo familia.

Y sé que existe un amor que no necesito cuestionar.

Pero fuera de ahí...

¿hay alguien?

¿Hay alguien que pueda llegar a conocerme de verdad?

No hablo de conocer mi nombre.

No hablo de conocer mi historia superficial.

No hablo de saber qué libros he escrito.

No hablo de saber qué me gusta.

No hablo de haber compartido conmigo unos meses.

Hablo de otra cosa.

De alguien que algún día pueda mirarme y no quedarse con una versión.

Alguien que pueda entender que yo también he cambiado.

Que pueda conocer a la persona que soy ahora sin compararla constantemente con quien fui.

Alguien que no necesite utilizar mi pasado como una sentencia.

Alguien que pueda escucharme sin intentar reducirme.

Alguien que tenga curiosidad por descubrirme.

No alguien que diga:

"Yo sé cómo eres."

Sino alguien capaz de decir:

"Quiero saber quién eres ahora."

Quizá.

No lo sé.

Quizá exista.

Quizá no.

Y por primera vez no quiero correr detrás de la respuesta.

Porque también he aprendido que el amor no debería convertirse en otra forma de supervivencia.

No quiero necesitar que alguien me ame para sentir que estoy viva.

Quiero estar viva.

Y si algún día alguien aparece y quiere compartir esa vida conmigo, tendrá que conocer a la persona que existe hoy.

No a la de hace cinco meses.

No a la de hace cinco años.

No a la que otros recuerdan.

A mí.

La que está aquí.

La que está gateando después de haber intentado volar.

La que todavía tiene heridas.

La que está aprendiendo.

La que ya no quiere demostrar tanto.

La que prefiere guardar unas monedas a gastarlas en demostrar que puede.

La que ahora entiende el valor de una cama.

De una comida.

De una conversación.

De una pregunta.

De una mirada que no juzga.

De alguien que se queda.

Y hay algo más que necesito decir.

No quiero romantizar esos cinco meses.

No fueron una aventura.

No fueron una etapa interesante.

No fueron una experiencia bonita.

Fueron cinco meses que me obligaron a aprender cosas que jamás habría querido aprender de esa manera.

Aprendí a moverme cuando estaba agotada.

A resolver problemas con recursos mínimos.

A buscar alternativas cuando ninguna parecía suficiente.

A intentar guardar algo cuando casi todo tenía que gastarse.

A seguir caminando cuando mi cabeza quería quedarse quieta.

A convivir con la incertidumbre.

A aceptar ayuda.

A descubrir quién aparecía.

Y quién no.

Y sobre todo aprendí que una persona puede perder muchísimas cosas y seguir siendo una persona.

Eso parece obvio.

No lo es.

Porque cuando estás en una situación vulnerable, empiezas a sentir que para los demás vales menos.

Que tu palabra pesa menos.

Que tu apariencia importa más.

Que tu historia importa menos.

Que tienes que demostrar que mereces compasión.

Y no.

No debería ser así.

Una persona no necesita presentar un currículum para merecer dignidad.

No necesita explicar sus cinco meses para merecer respeto.

No necesita ser perfecta para merecer ayuda.

Y yo tampoco.

No soy la misma.

Eso es cierto.

Pero no soy peor.

Soy diferente.

Tengo una conciencia distinta.

Tengo otras prioridades.

Y tengo menos paciencia para las cosas que antes me parecían enormes.

Ya no necesito que todo el mundo me comprenda.

De hecho, acepto que algunas personas nunca lo harán.

Acepto que habrá gente que seguirá recordando una versión antigua de mí.

Que habrá quien piense que me conoce.

Que habrá quien me juzgue.

Que habrá quien no entienda nada.

Y ya no puedo hacer nada con eso.

Porque mi vida no puede depender de la capacidad de comprensión de los demás.

Yo sé lo que viví.

Yo sé lo que sentí.

Yo sé cuánto tuve que hacer para llegar hasta aquí.

Y quizá eso sea suficiente.

Durante mucho tiempo pensé que sobrevivir significaba volver a ser la de antes.

Ahora sé que no.

Sobrevivir fue llegar hasta aquí.

Vivir será descubrir quién soy después.

Y quiero hacerlo despacio.

Sin correr.

Sin demostrar.

Sin competir.

Sin necesitar que cada experiencia se convierta en una obra.

Sin leer para parecer inteligente.

Sin escribir para ser comprendida.

Sin estudiar para justificar mi existencia.

Quiero observar.

Quiero sentir.

Quiero hablar.

Quiero escuchar.

Quiero preguntar.

Quiero que me pregunten.

Quiero cuidar.

Quiero dejarme cuidar.

Quiero aprender a recibir cariño sin sentir que tengo que devolverlo inmediatamente.

Quiero aprender que puedo ser querida sin producir nada.

Sin escribir.

Sin leer.

Sin estudiar.

Sin conseguir.

Sin demostrar.

Simplemente por ser yo.

Y quizá esa sea la lección más difícil de todas.

Después de pasar cinco meses intentando demostrarle al mundo que podía seguir viva, ahora tengo que aprender que no necesito demostrar que merezco vivir.

Solo vivir.

Eso es todo.

Y cuando recuerdo aquellas monedas cayendo en un vasito de papel, ya no pienso solamente en el dinero.

Pienso en una persona intentando decir:

"Estoy aquí."

Y ahora quiero decirlo de otra manera.

Estoy aquí.

Pero ya no quiero que me vean porque estoy sufriendo.

Quiero que me vean porque estoy viviendo.

Quiero que me vean reír.

Quiero que me vean aprender.

Quiero que me vean equivocarme.

Quiero que me vean construir.

Quiero que me vean tranquila.

Quiero que me vean querer.

Quiero que me vean ser.

Y quizá algún día alguien me mire y no vea ni a la niña, ni a la mujer que sufrió, ni a la persona que estuvo cinco meses intentando sobrevivir.

Quizá vea simplemente a Sandra.

Y quizá pregunte:

"¿Quién eres?"

Y por primera vez no sentiré la necesidad de darle una respuesta enorme.

Diré:

"No lo sé del todo todavía."

Y sonreiré.

Porque después de cinco meses sin saber dónde dejé mi mente, quizá ahora estoy aprendiendo algo mucho más importante:

no necesito encontrar exactamente dónde estaba.

Puedo construir un lugar nuevo dentro de mí.

Uno donde no tenga que sobrevivir.

Uno donde pueda vivir.

Uno donde el amor no sea una deuda.

Uno donde el cariño no tenga precio.

Uno donde no tenga que ganarme el derecho a ser vista.

Uno donde pueda sentarme, respirar y pensar:

estoy aquí.

Y esta vez no estoy pidiendo que nadie me rescate.

Estoy aprendiendo a quedarme.

Y si algún día alguien quiere sentarse a mi lado, que no venga a salvarme.

Que venga a conocerme.

Porque quizá, después de todo, lo único que realmente he querido durante estos cinco meses no era que alguien me sacara del infierno.

Era que alguien pudiera mirarme desde fuera y decir:

"Te veo. Sé que estás aquí. Y quiero conocerte, no juzgarte."