Pequeñas notas: un soplo de esperanza

Aquí es donde las ideas breves y las reflexiones se encuentran para ofrecerte un momento de calma. Con estas pequeñas notas, mi objetivo es compartir contigo un trozo de esperanza, invitándote a ver el mundo con una nueva visión. Únete a mí en este camino de pensamientos.

Momentos de reflexión y esperanza

En "Pequeñas notas", encontrarás precisamente eso: pensamientos concisos, destellos de inspiración que buscan iluminar tu día. Son como post-its del alma, recordatorios de que incluso en lo más breve, se puede encontrar una profunda reflexión y un rayo de esperanza. Mi deseo es que cada nota te invite a pausar y a sentir.

Sembrando visión en cada palabra

Más allá de las reflexiones, estas pequeñas notas buscan sembrar una visión compartida. Es mi manera de conectar contigo, de mostrarte el mundo a través de mis ojos y de invitarte a construir una perspectiva llena de optimismo. Cada escrito es un paso más en esta conversación creativa y personal.

Tu dosis diaria de inspiración

Espero que estas "Pequeñas notas" se conviertan en tu espacio de referencia cuando necesites un empujón de positividad o un momento para la introspección. Cada reflexión está pensada para ofrecerte un atisbo de esperanza y para recordarte la belleza de ver el mundo con una mente abierta. Explora y encuentra tu propia visión.

Nota.

ORGULLO

Volaba.

O creía que volaba.

Durante mucho tiempo pensé que tenía que hacerlo. Que tenía que estar arriba, llegar lejos, demostrar que podía, avanzar aunque no supiera muy bien hacia dónde. Como si detenerme fuera fracasar. Como si reconocer que algo me dolía significara que había perdido.

Y ahora estoy gateando.

Y qué extraño resulta decirlo.

Después de haber querido volar tan alto, ahora estoy aprendiendo a gatear.

Pero quizá gatear no sea retroceder.

Quizá sea volver a aprender.

Quizá sea volver al principio, pero esta vez sin exigirme llegar corriendo.

Porque hay dolores que no vienen únicamente para destruirte.

Hay dolores que recorren el cuerpo como calor.

Como si algo dentro de tus venas se activara y te recordara que sigues aquí.

Que todavía sientes.

Que todavía respiras.

Que todavía puedes levantarte.

Y ese calor, ese dolor que durante tanto tiempo pensé que solamente quería hacerme daño, ahora empieza a decirme algo distinto:

no tienes que sobrevivir.

Tienes que vivir.

Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Sobrevivir es levantarte porque no tienes otra opción.

Vivir es levantarte porque quieres descubrir qué hay después.

Sobrevivir es contar las horas.

Vivir es empezar a mirar los días.

Sobrevivir es pensar únicamente en llegar a mañana.

Vivir es preguntarte qué quieres hacer con el día de hoy.

Y quizá estoy justamente ahí.

Gateando.

Aprendiendo otra vez.

Sin vergüenza.

Sin necesidad de aparentar que estoy volando cuando todavía estoy intentando encontrar el equilibrio.

Me duele escribir algunas cosas.

Muchísimo.

Y quizá precisamente por eso necesito escribirlas.

Porque estoy sanando.

Y cuando una está sanando hay heridas que duelen más al nombrarlas que cuando todavía estaba completamente rota.

Ahora puedo mirar algunas cosas de frente.

Ahora puedo decir que esperaba de mi propio padre algo que debería haber sido lo más sencillo del mundo:

que me tratara como a un ser humano.

Como a una persona que necesita cariño.

Como a una hija.

No esperaba perfección.

No esperaba que solucionara mi vida.

No esperaba que entendiera absolutamente todo.

Esperaba humanidad.

Esperaba que, al verme vulnerable, pudiera existir un mínimo de ternura.

Y quizá esa sea una de las cosas que más me han dolido.

Sentir que incluso una hormiga aplastada habría recibido más consideración.

Y escribirlo me duele.

No porque quiera quedarme atrapada en el rencor.

Precisamente porque no quiero quedarme ahí.

Lo escribo porque necesito reconocer lo que me hizo daño para poder dejar de cargarlo.

Porque sanar no significa fingir que nada ocurrió.

Sanar significa poder decir:

"Sí, esto me dolió."

Y después continuar.

Y mientras escribo todo esto, hay algo que necesito recordar constantemente:

soy visible.

No soy invisible.

No soy una carga.

No soy una historia que alguien puede borrar porque dejó de mirarme.

No soy solamente aquello que me ocurrió.

Soy la persona que sigue aquí después de todo aquello.

Y qué suerte la mía.

Porque mientras algunas puertas se cerraban, había personas que me estaban demostrando que el amor puede tener formas completamente diferentes.

Tengo una madre que merece el cielo entero simplemente por respirar.

Y quizá decirlo así parezca exagerado.

Para mí no lo es.

Mi madre es mi mejor amiga.

Es esa persona a la que puedo mirar y sentir que no necesito explicar absolutamente todo para que entienda que algo me pasa.

Es la persona con la que puedo ser hija.

Y después de haber tenido que ser fuerte tantas veces, ser hija también es un regalo.

Poder descansar en alguien.

Poder dejar de tener respuestas.

Poder decir "no puedo" sin sentir que por eso valgo menos.

Poder ser cuidada.

Poder sentir que alguien quiere que estés bien simplemente porque eres tú.

Eso es amor.

Y junto a ella tengo también a alguien que se ha convertido en una parte esencial de mi familia.

Su marido.

Mi mejor amigo.

Una persona que me ha enseñado algo que quizá necesitaba aprender más que cualquier otra cosa:

que se puede ser blandito por dentro y duro por fuera.

Y no hablo de dureza como crueldad.

Hablo de límites.

De saber con quién puedes mostrar tu corazón.

De saber cuándo protegerte.

De comprender que tener un corazón sensible no significa permitir que cualquiera lo pise.

Puedes ser tierno y tener carácter.

Puedes querer profundamente y saber decir que no.

Puedes ser suave con las personas que amas y completamente firme con quienes no saben respetarte.

Y creo que esa es una de las enseñanzas más bonitas que me llevo.

No necesito endurecer mi corazón para sobrevivir.

Necesito aprender dónde puedo dejarlo descansar.

Y yo sé dónde.

También tengo un compañero de juegos.

Mi segundo mejor amigo.

Mi hermano mayor.

Y jamás olvidaré lo que significa tenerlo.

Porque quizá los hermanos tengan una manera extraña de quererse.

A veces molestan.

A veces hacen rabiar.

A veces parecen vivir exclusivamente para llevarte la contraria.

Pero hay algo debajo de todo eso que permanece.

Una historia compartida.

Una infancia.

Un montón de recuerdos que nadie más puede entender exactamente igual.

Y saber que tengo un hermano mayor con quien puedo compartir esa parte de mi vida es algo que no quiero dar por hecho.

Porque la vida cambia.

Las personas crecen.

Las circunstancias cambian.

Y por eso quiero quedarme con lo importante.

Con el amor.

Con las personas.

Con quienes han estado.

Con quienes me recuerdan que no tengo que ser extraordinaria para merecer cariño.

Y quizá por eso, si tuviera que elegir una sola palabra para describir todo lo que siento ahora, sería una palabra que durante mucho tiempo pensé que solamente servía para hablar de logros.

Orgullo.

Pero no orgullo de haber conseguido algo que pueda enseñar.

No orgullo de una carrera.

No orgullo de un título.

No orgullo de una cantidad de libros.

No orgullo de haber sido capaz de impresionar a nadie.

Orgullo de estar aquí.

Orgullo de haber llegado hasta este punto.

Orgullo de estar aprendiendo a vivir después de haber aprendido durante tanto tiempo únicamente a sobrevivir.

Orgullo de poder reconocer el amor cuando lo tengo delante.

Orgullo de saber quiénes son mi familia.

Orgullo de poder decir que tengo una madre a la que amo profundamente.

Orgullo de tener un mejor amigo que me ha enseñado que la sensibilidad no está reñida con la fortaleza.

Orgullo de tener un hermano con quien todavía puedo ser, de alguna manera, aquella niña que juega.

Y orgullo, incluso, de estar gateando.

Porque ahora entiendo que no necesito estar volando para estar avanzando.

A veces avanzar es arrastrarte un poco.

A veces es levantarte.

A veces es llorar.

A veces es escribir.

A veces es decir "esto me dolió".

A veces es aceptar que alguien no pudo darte lo que necesitabas.

Y otras veces es mirar a quienes sí te lo están dando y decir:

"Gracias."

Gracias por verme.

Gracias por hacerme sentir visible.

Gracias por recordarme que soy una persona.

Gracias por dejarme ser blanda.

Gracias por dejarme descansar.

Gracias por no exigirme que vuele cuando todavía estoy aprendiendo a caminar.

Porque quizá eso sea lo que significa realmente vivir.

No estar siempre arriba.

No estar siempre fuerte.

No tener siempre respuestas.

No fingir que no duele.

Sino poder caer y saber que existen brazos donde descansar.

Poder estar triste y saber que alguien lo notará.

Poder hacer preguntas.

Poder responderlas.

Poder mirar a alguien que quieres y preguntarle:

"¿Cómo estás?"

Y que esa pregunta importe.

Ese contacto humano que no necesita tocar.

Ese vínculo que existe simplemente porque dos personas se prestan atención.

Eso es lo que quiero conservar.

Porque ahora sé que la vida no consiste únicamente en volar.

También consiste en saber dónde aterrizar.

Y yo ya sé dónde quiero hacerlo.

En mi familia.

En las personas que me quieren.

En quienes han conseguido que vuelva a sentirme visible.

En quienes no me piden que demuestre nada antes de quererme.

Así que sí.

Volaba.

O creía que volaba.

Ahora estoy gateando.

Y por primera vez no me avergüenza.

Porque quizá este gateo sea mucho más importante que todos aquellos vuelos.

Porque esta vez no estoy intentando escapar de nada.

Estoy aprendiendo a quedarme.

Estoy aprendiendo a vivir.

Y mientras avanzo despacio, hay algo que siento con una claridad que antes no tenía:

orgullo.

No porque haya llegado a ninguna cima.

Sino porque, después de todo, todavía puedo mirar a quienes amo y decir:

soy vuestra.

Y ellos pueden mirarme y decirme, sin necesidad de pronunciarlo:

eres visible.

Y eso, ahora mismo, me basta.