Han pasado más de diez años.
A veces me cuesta incluso escribirlo porque diez años parecen una vida entera. En diez años una persona puede cambiar de ciudad, perderse, encontrarse, conocer a otras personas, equivocarse, romperse, reconstruirse. Puede convertirse en alguien que aquella persona que conoció al principio ni siquiera reconocería.
Yo también he cambiado.
Muchísimo.
Y, sin embargo, hay algo que no ha desaparecido del todo.
Tú.
No escribo esto para pedirte que vuelvas.
No lo escribo para que me busques.
No lo escribo para que me contestes.
Ni siquiera sé si algún día llegarás a leerlo.
Lo escribo porque hay sentimientos que, después de tantos años, dejan de ser una pregunta y se convierten simplemente en una parte de nuestra historia.
Y tú eres una parte de la mía.
Durante mucho tiempo pensé que para superar a alguien había que dejar de quererlo.
Ahora ya no estoy tan segura.
Quizá superar no sea borrar.
Quizá superar sea poder recordar sin desmoronarse.
Poder pronunciar un nombre sin sentir que el mundo se detiene.
Poder mirar hacia atrás y reconocer que hubo amor, que hubo dolor, que hubo cosas que no entendimos, que hubo cosas que hicimos mal y otras que simplemente no estaban en nuestras manos.
Y continuar.
Yo he tenido que aprender a continuar.
He pasado por lugares de mí misma que no sabía que existían. He conocido el miedo, la soledad, la pérdida, la incertidumbre y también una versión de mí que durante mucho tiempo no sabía cómo volver a levantarse.
Hubo momentos en los que sobrevivir ya era suficiente.
Y ahora estoy aprendiendo otra cosa.
A vivir.
Por eso, si alguna vez lees esto, quiero que sepas algo que quizá nunca fui capaz de decirte de esta manera:
te sigo queriendo.
No sé exactamente qué significa ese “seguir queriendo” después de tantos años.
No sé si es el mismo amor que sentía entonces.
Probablemente no.
El amor también cambia cuando uno cambia.
El que sentía cuando era más joven tenía más preguntas, más necesidad, más miedo, más imaginación. Quizá quería que el futuro fuera de una determinada manera. Quizá necesitaba respuestas. Quizá necesitaba saber qué significaba yo para ti.
Hoy no.
Hoy puedo quererte sin necesitar construir un futuro contigo.
Puedo recordarte sin convertir el recuerdo en una promesa.
Puedo preguntarme ocasionalmente cómo estarás sin creer que tengo derecho a saberlo.
Puedo alegrarme imaginando que estás bien aunque no forme parte de tu vida.
Y, sobre todo, puedo aceptar que quizá tú no sientas lo mismo.
Esto es probablemente lo más difícil que he aprendido.
Que amar a alguien no significa tener derecho a ser correspondido.
Y que no ser correspondida no convierte automáticamente el amor en algo inútil.
Yo te quiero.
Pero no necesito que tú me quieras para que lo que sentí haya sido real.
No necesito que regreses para demostrar que aquello significó algo.
No necesito que mires hacia atrás para poder hacerlo yo.
No necesito una conversación pendiente para cerrar mi historia.
Y tampoco necesito que cambies tus decisiones por mí.
Si alguna vez has decidido mantener distancia, quiero respetarla.
Aunque duela.
Aunque a veces no la comprenda.
Aunque una parte de mí se pregunte qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Porque querer a alguien también debería significar poder respetar su libertad.
Y eso incluye la libertad de no quererme.
La libertad de haber seguido adelante.
La libertad de tener otra vida.
La libertad de no sentir lo mismo.
Y también la libertad de no responder a estas palabras.
No estoy escribiendo esto para atravesar ninguna puerta que hayas cerrado.
Lo escribo desde el lado de fuera.
Desde mi vida.
Desde la persona en la que me estoy convirtiendo.
Porque quizá durante mucho tiempo confundí amar con esperar.
Y ahora estoy aprendiendo que no son lo mismo.
Esperar significa poner la vida en pausa.
Amar puede significar simplemente reconocer lo que existe dentro de ti y continuar caminando.
Yo no quiero quedarme parada diez años más mirando hacia atrás.
Quiero vivir.
Quiero estudiar.
Quiero escribir.
Quiero conocer lugares.
Quiero reírme.
Quiero volver a sentirme orgullosa de mí.
Quiero tener días normales.
Quiero tener una vida que no necesite ser extraordinaria para ser maravillosa.
Quiero aprender a disfrutar de las pequeñas cosas.
Quiero sentarme en algún sitio y sentir que estoy exactamente donde tengo que estar.
Quiero ser una persona que no necesite que nadie vuelva para sentirse completa.
Y quizá eso sea lo más diferente de mí ahora.
Antes podía pensar que necesitar que alguien me quisiera era una prueba de que yo también valía.
Ahora sé que no.
Mi valor no depende de tu mirada.
No depende de si recuerdas mi nombre.
No depende de si alguna vez piensas en mí.
No depende de si todavía existe algo dentro de ti parecido a lo que existe dentro de mí.
Yo existo independientemente de todo eso.
Y estoy aprendiendo a quererme también.
Por eso no quiero convertir este amor en una carga para ti.
No quiero que tengas que hacer nada con él.
No tienes que devolverlo.
No tienes que explicarlo.
No tienes que responder.
No tienes que sentir culpa.
No tienes que rescatarme.
No tienes que volver.
Puedes simplemente seguir viviendo.
Y yo también.
Quizá esa sea la forma más sana que he encontrado de quererte después de tanto tiempo.
No agarrándome a ti.
No persiguiéndote.
No intentando formar parte de una vida de la que quizá ya no formo parte.
Sino aceptando que fuiste importante.
Muy importante.
Y que algunas personas pueden seguir siendo importantes incluso cuando dejan de estar presentes.
Hay personas que pasan por nuestra vida y se marchan.
Pero no todo lo que dejan se marcha con ellas.
A veces dejan una canción.
Una frase.
Un recuerdo.
Una manera de mirar el mundo.
Una versión de nosotros mismos que solo existió durante aquella época.
Y quizá tú seas también eso para mí.
Una parte de mi historia que no necesito arrancar para poder escribir los siguientes capítulos.
No quiero borrar a la chica que te quiso.
Quiero abrazarla.
Porque hizo lo que pudo con lo que sabía.
Porque sintió muchísimo.
Porque seguramente se equivocó.
Porque tuvo miedo.
Porque esperaba cosas que quizá no podían suceder.
Y porque, a pesar de todo, fue capaz de querer.
Yo no quiero avergonzarme de eso.
No quiero convertir mi pasado en algo que tenga que esconder.
Te quise.
Te quiero.
Y probablemente siempre habrá una pequeña parte de mí que te mire con una ternura especial.
Pero ahora esa ternura no tiene que convertirse en una espera.
Puedo dejarte ir sin dejar de quererte.
Puedo seguir adelante sin negar que exististe.
Puedo construir algo nuevo sin destruir lo antiguo.
Y puedo aceptar que quizá nuestras vidas ya no tengan nada que ver.
Eso también es amor.
O al menos es la clase de amor que estoy intentando aprender.
Un amor que no exige.
Un amor que no invade.
Un amor que no necesita pruebas.
Un amor que puede existir en silencio.
Y, sobre todo, un amor que no me impide vivir.
Si alguna vez llegas a leer esto, no quiero que pienses que estoy esperando algo de ti.
No lo estoy.
Quizá solamente quería que supieras una verdad sencilla.
Te quise muchísimo.
Y después de todo este tiempo, todavía te quiero de alguna manera.
Pero he aprendido algo que antes no sabía:
puedo quererte y elegir mi vida.
Puedo echarte de menos y continuar.
Puedo recordar y no regresar.
Puedo sentir y no actuar.
Puedo amar sin necesitar ser amada por ti.
Y puedo dejar que el tiempo haga con nuestra historia lo que tenga que hacer.
No sé qué sentirás tú.
No sé qué recuerdas.
No sé si alguna vez te preguntas qué habría sido de nosotros.
No sé si este texto llegará a tus ojos.
Y, por primera vez, puedo vivir perfectamente sin saberlo.
Porque mi historia no termina en lo que tú sientas por mí.
Mi historia continúa.
Y yo también.
Quizá eso sea lo más bonito que puedo decirte después de diez años:
te quiero, pero ya no necesito que me quieras para seguir viviendo.
Y si alguna vez me recuerdas, espero que sea con cariño.
Yo intentaré hacer lo mismo.
No porque quiera volver al pasado.
Sino porque, después de todo lo vivido, he aprendido que también se puede mirar hacia atrás con amor y después darse la vuelta para seguir caminando.
Eso es lo que estoy haciendo ahora.
Caminando.
Hacia mi vida.
Con todo lo que fui.
Con todo lo que sobreviví.
Con todo lo que todavía estoy sanando.
Y con un amor por ti que ya no necesita convertirse en nada más para poder existir.